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viernes, 7 de septiembre de 2012

Maestro de los moneros

Me solicitaron amablemente que escribiera algo sobre el libro que presentó Milenio Jalisco sobre el caricaturista Manuel Falcón, a quien a pesar de no tener mucho tiempo de conocerlo le he tomado una gran estimación, cariiiiiiño y admiración. Esto me salió: un retrato tan fino y preciso como la foto que nos tomó Rich Boy saliendo de uno de los tantos programas de El Acordeón.


El monero bajo la lupa




El mote de “hijo adoptivo” que se lo pongan los políticos (que tanto les gusta usar ese término) Manuel Falcón Morales es un personaje que forma ya parte del anecdotario de la historia de la noble y leal ciudad y de este estado que ha sido diseccionado bajo la singular visión de uno de los mejores caricaturistas políticos del país. No es adoptado, Manuel renació aquí. Es tan tapatío como un tejuino de la Capilla de Jesús o un Picón del centro.

“Se los dije. Interiores de Manuel Falcón” (Milenio, 2012) es una buena aproximación al personaje a través de su propia memoria y las voces de amigos y damnificados de la grilla que han sido blanco de su trazo correcto y despiadado sentido del humor. Falcón se pitorrea de los andamiajes políticos porque conoce y reinterpreta a todos los changos que cuelgan en las tramoyas y sus diferentes mecates. Sus cartones son atinados doblemente: primero porque provocan carcajadas y segundo, y mas importante, por que desnudan realidades. A veces es suficiente con mirar el rectángulo de 18x13 que aparece en la página 3 de Milenio Jalisco para entender toda una circunstancia política que está ocurriendo. No han sido pocas las veces que la “exclusiva” se la ha llevado Falcón.

Si para entender la forma hay que analizar el fondo, la publicación del libro escrito por el periodista Carlos Rosas permite sumergirse un rato en los orígenes del monero que dieron impulso al origen del mono… pintado. Rebelde sin causas ajenas, Manuel Falcón arrancó su carrera desde el momento en que supo cómo agarrar un lápiz para dibujar. El niño que garabateaba en un cuaderno en realidad anticipaba profecías de una trayectoria que será considerada brillante. La influencia de las caricaturas y los programas estadounidenses vistos y escuchados en su idioma original por el niño Falcón cautivado desde este lado de la frontera en su natal Nuevo Laredo, Tamaulipas, le fueron enseñando el ritmo y la cadencia que tanto le servirían después para contar historias. Influencia no mata destino, ni gustos, la técnica de Falcón pudo comenzar bajo el embrujo de las Silly Symphonies, pero los orígenes del humor corrosivo y desmadroso parecen mas emparentados con los Looney Tunes. Falcón le debe más a Groucho Marx y el Pato Lucas que a Mickey Mouse y Harold Lloyd.

De manera atinada, Carlos Rosas nos sumerge en el universo falconiano para mostrar los antecedentes del monero, parte de la historia personal y familiar, que obviamente, fueron determinantes en la personalidad del caricaturista del otrora bigote poblado, los lentes que nunca fallan y el Bugs Bunny en la solapa. El ventaneo genealógico sirve pues, como contexto para tratar de entender (sólo tratar) a un tipo que como misterio metafísico, nunca podremos comprender del todo aunque su personalidad nos siga fascinando, casi un acto de fe. El análisis freudiano ya lo hace él por medio de su blog y en sus soliloquios de El Acordeón. A nosotros nos toca y nos basta con el despliegue del talento a través de sus cartones, sonoras trompetillas a la clase política jalisquilla-nacional y al mismo tiempo radiografía de la grilla de altas y bajas esferas.

En el libro, en el que hay que aclarar, no tuvo nada que ver en su producción y comercialización, el homenajeado esboza parte del éxito para la disección de especímenes de todos los pelajes y colores: la conversación que afloja las lenguas y las desconfianzas en medio de las ensaladas, el diálogo cafetero en el que el grillo oculta sus razones y expone sus estrategias. Falcón sabe el ABC de la política porque primero decodificó el genoma del grillo y evitar juzgar, siempre tratar de entender, nunca exhibir la vida personal. Algún día, Manuel me contó que el imponente Javier García Paniagua le dijo que a diferencia de los caricaturistas capitalinos, él era alguien con quien se podía platicar. Falcón se convirtió en alguien que termina transfigurando las palabras en líneas de tinta china.

Así, Manuel Falcón disecciona la realidad política con filo de bisturí y precisión de misil teledirigido. Su estilo no es el de los dibujos de tipos con trajes finos y labia rebuscada. Nos hace reír porque nos enseña los paños menores de la grilla de postín con métodos charros, el cachondeo y el rico vacilón del oficialismo con tonos de mariachi y el festín chapucero del legislador vago y trácala. Los rituales del caos de la prendedera de incienso a las autoridades en turno son ridiculizados por un monero al que todos temen, respetan y en una de esas hasta estiman en la misma magnitud. Al fin de cuentas su firma alcanzó ya la figura del termómetro público. Todavía no eres relevante si no te ha dibujado Falcón.

Milenio lo homenajeó acomodando, haiga sido como haiga sido, un texto en 96 páginas lo que provocó que la publicación parezca una estrategia mercadológica para promover lupas, hay historietas que no hay modo de leer si no se tiene vista de relojero. Aún así, quizá todo es una alegoría al homenajeado: escudriñar, ver entre líneas y fijarse siempre en la letra chiquita. Los cartones de Falcón muestran monos que siempre tienen diferentes lecturas, incluso algunas que no se ven a simple vista.

martes, 5 de abril de 2011

KURT COBAIN, LA HOGUERA Y LA DESESPERANZA.





Hace 9 años escribí este texto que fue publicado en la sección que por aquellos ayeres comandaba Bernardo Esquinca en Público. Hoy lo sacó del cajón de los recuerdos en honor a un extraordinario músico que al volarse la cabeza de un escopetazo también hirió de muerte al fenómeno generacional del grunge. Como dato anecdótico, en el texto menciono a otro torturado frontman: Layne Staley de Alice in Chains, quien fue encontrado muerto unos días después de haberse publicado lo de Cobain.






Ocho años, y muchos seguiremos contando los días. El cadáver de Kurt Cobain se estampó en el cartel representativo de un movimiento contrarrevolucionario conocido como grunge y dotó a la historia del rock con una más de las tristes, pero necesarias anécdotas que alimentan la leyenda del desenfreno y la rebeldía unidas con el talento. Es la historia común pero no corriente de otro elegido a mártir del “club de los muertos a los 27”. Cobain entró por fin al Nirvana de las víctimas del sentimiento abrasivo expresado en esa maravillosa lujuria a la que llamamos rock.


Hay épocas, hay lugares y hay hombres o nombres que a veces como por cosa de la fortuna se conjugan en una ecuación y dan al mundo una base para cimbrar sus estructuras sociológicas. Douglas Coupland le dio nombre a la desesperanza juvenil masiva bajo la forma de la X, símbolo generacional de la confusión; pero Nirvana, el trío comandado por el impetuoso y depresivo Kurt Cobain, fue quien le puso banda sonora a un caos existencial que terminó por marcar una época observada unas veces con lupa, y otras con telescopio, por los sociólogos y sicólogos del orbe.



El grunge fue y ya no será, la explosión musical y la implosión de las nuevas representaciones de la rebeldía que se traga con la abulia del no querer ser y no querer estar. El “no importa” como símbolo catastrófico de la pérdida de la identidad. Se acabaron los recuerdos nostálgicos simplones de la economía románticamente cómoda heredada de las administraciones “reaganianas”, para ser sustituida por la hidra mediática que cubría al mundo en segundos. Comenzó el aquí, despertó el ahora, el futuro es lo que menos existe, hay memoria pero no se sabe del día de mañana, se fincaron los cimientos de la aldea global y las huestes emanadas de las universidades se encontraron con la frialdad de los índices Dow Jones y Nasdaq, indicándoles que la poesía de la anhelable existencia siempre sucumbe a la tajante retórica del símbolo de los dólares. La generación que nació bajo la tutela de la televisión se quedó estancada buscando la salida del laberinto de Minos formado por los convencionalismos sociales y la lucha entre sus principios ideológicos, y la supervivencia del más ciego a los compromisos financieros de la economía global.

Seattle fue el detonante; Nirvana solo llevó a los amplificadores la rabia y el desencanto en la figura del estereotipo claro de la white trash gringa. Kurt Cobain se desgañita detrás de una mata de pelo rubio y un micrófono, cantándose a sí mismo las miserias existenciales compartidas en el underground de un movimiento musical que vino a refrescar la patética visión heredada por el Rock descafeinado por una industria que vendía espejitos a precio de vitrales. Maniquíes adornados con pedazos de tela con lentejuelas, fustigando el desmadre en canciones sazonadas con Nutrasweet. El grunge le robó al punk su festiva irreverencia y angustia, y la combinó con la desesperanza del NO FUTURE para convertirla en el coctel del desacierto y en la expresión masificada que le dio un nuevo sonido sucio y seductor a los acordes de una guitarra. Kurt Cobain se encontró de pronto en la cúspide que terminó por atragantársele: el éxito comercial que automáticamente lo colocó sin que él lo pidiera, como portavoz de una generación que le importaba una mierda; “Smell like teen spirit” se convirtió en contestatario jingle anunciando a la depresión como un producto consumible; MTV se dio cuenta que el sector que había dejado desprotegido por centrar toda su atención en el Rap, se convertía rápidamente en un Midas fácilmente adaptable a su administración de modas. Y mientras los trajes y las corbatas se hermanaban con las camisas de franela, Kurt Cobain se tomaba cincuenta pastillas de Rophynol con una botella de Champagne en una suite en Roma, para castigarse junto con los demonios que siempre le ataron al lado de los desadaptados. El estado de coma que duró días no le fue suficiente para sofocar las ansias de libertad y anonimato cazadas por los fotógrafos del turno; Cobain se sentó en la cresta de la ola para observar el mare mágnum que ayudó a construir, y del que finalmente decidió lanzarse desde lo alto para carbonizarse junto a los restos humeantes de un movimiento generacional que terminó (como era de esperarse) engullido por las leyes de ese marketing que no conoce de sensaciones pero sí de porcentajes.



El descenso al último círculo de su propio infierno comenzó mucho antes de que el propio Cobain lo supiera. La fama no fue el preámbulo sino el clímax de una rutina que lo llevaba a la extinción. El viaje a las profundidades del pesimismo del frontman de Nirvana fue guiado por la heroína, como un Virgilio autómata que se apoderaba del cuerpo de Cobain para sacar a escena a un tipo enfundado en pijamas que le gritaba a su audiencia: “Me siento estúpido y contagiado, aquí estamos entreténganos”. Mientras todos olíamos a espíritu adolescente, él nos cantaba hasta el hartazgo su inconformidad por el sitio donde lo colocamos, y no donde siempre quiso estar: en el rincón más oscuro y sucio de la habitación, con una guitarra en las manos que le sirviera como desahogo terapéutico. Todos manejamos su fama menos él, quien ya pensaba en la desintegración del grupo, quien mandaba señales desesperadas en busca de ayuda al decirle a los de Geffen Records que su nuevo disco debería llamarse I Hate myself and I want to die (ese disco era nada mas y nada menos que In Utero). Ahí estaban los símbolos que nadie pudo interpretar. Kurt Cobain se fugaba hacia su nada.





Su presentación en el MTV Unplugged fue apoteósica, y una profecía de mal gusto. Kurt Cobain se hizo su propio velorio anticipado, ahí estaba, sentado entre velas y flores blancas de espectral premonición cantando todas sus disculpas, con la voz rasposa, descarnada y conmovedora que conquistó a toda una generación. Los ojos cerrados, las yemas de los dedos punzando con firmeza las cuerdas, los mechones cayendo sobre un rostro pálido que refleja una paz que no existe en su interior. Chris Novoselic y Dave Grohl son comparsas de una atención absorbida por Cobain. El dolor ya tiene un nuevo dueño. El dolor es el nuevo acaparador de emociones en Seattle. Veo a Cobain y recuerdo a tantos otros que son atosigados por los caballos salvajes. Veo a Layne Staley vocalista de Alice In Chains encerrado en la clinica de rehabilitación mientras escribe una estrofa que reza: “Si no puedo ser yo mismo me sentiré mejor muerto”. También la oscuridad se contagia.




Kurt Donald Cobain escapó de una clínica de rehabilitación por su adicción a la heroína y fue encontrado muerto en su casa el 8 de abril de1994. El cañón de una escopeta recortada metido en la boca acabó con la vida y le abrió paso a la leyenda. Una nota de perdón no aminora el impacto de su muerte en el mundo de la música. Kurt Cobain murió en el momento menos indicado y por eso tratamos de resucitarlo en la búsqueda de complots. La paranoia no necesita explicaciones sino placebos que mitiguen los madrazos. No puede ser un simple suicidio; hay algo más: una viuda negra, una conspiración de los medios. Hay algo, debe haber algo menos la muerte tal y como es: fría, contundente, parca. Kurt Cobain fue el Ícaro que se quemó las alas con el sol de la fama, nunca quiso subir tan alto y por ello se autoinmoló en el fuego en vez de retirarse del calor que lo consumía lentamente. Borró de golpe a la tristeza de la manera en que siempre buscó. Él lo dijo: “Es mejor quemarse que desaparecer poco a poco”. Solución de la ecuación, se eliminan los factores y se obtiene el cero absoluto. El grunge desapareció tiempo después, pero dejó la huella del hierro candente en la historia contemporánea del rock. El “nevermind” que no simbolizaba nada se convirtió en el icono que permitía buscarle nuevos significados a la existencia. La vida y la música siguieron su curso, Y como escribió Coupland: “El cielo de Seattle se convirtió ese día en el corazón de la ciudad, fue como si el cielo intentara decidir si brillaba u olvidaba”.


Las brasas de la hoguera que incendió Cobain con su música primero, y después con su imagen, abrieron un nuevo espacio en el espectro musical finisecular que le devolvió al rock parte de su postura contestataria perdida en la geografía norteamericana. Una vez mas el sacrificio en pos de la nueva existencia. Que así sea.

domingo, 23 de agosto de 2009

Neverland never more

Paul Theroux agarró cierta fama y popularidad por estos rumbos gracias a un libro llamado “La costa de los mosquitos” que incluso hasta una película con Harrison Ford consiguió. Años más tarde y a pesar de tener una sabrosita narrativa, volvió a la luz de los candelabros debido a su pleito con el Premio Nóbel V.S Naipul, quien había sido uno de sus más entrañables amigos.

Un día, Mr. Theroux recibió la responsabilidad de escribir un perfil sobre Elizabeth Taylor por lo que tuvo que buscar a sus amigos y un día a las cuatro de la madrugada recibió una llamada de un tipo que luego se supo, nunca se podía dormir y que se llamaba Michael Jackson y que se murió y que sirvió para que Mr. Theroux escribiera una buenísima crónica sobre el Peter Pan con vitiligo.

A lo mejor ya han leído mucho sobre la estrellada estrella del Pop, pero este texto no tiene desperdicio y confirma la enorme soledad de Jacko, un pobre tipo que tuvo la malísima suerte de ser alguien con un tremendo talento y tener un padre malo malísimo que terminó por destrozarle la vida a su hijo.


El texto se publicó en la reciente edición de Letras Libres, que les aproveche.



Michael Jackson


por Paul Theroux





¿Quién no está cansado ya del ruido, los rumores, las tonterías alrededor de la muerte de Michael Jackson? Esta crónica de Paul Theroux esquiva todo ese escándalo y se acerca al hombre en dos estampas: una visita a Neverland, una llamada telefónica a mitad de la noche.



1. Neverland

Hoy escuché en las noticias, oh sí, que Michael Jackson tuvo un ataque al corazón... y murió de un paro cardiaco, a la edad de cincuenta, en Los Ángeles. Recuerdo una larga conversación que tuve con él a las cuatro de la mañana, y mi visita a Neverland. Primero fue la visita; la conversación, unas semanas después, por teléfono.

Neverland, una ciudad boscosa de juguete con juegos mecánicos y casas de muñecas y animales de zoológico y jardín de los placeres, está tras un magnífico portón en un camino lateral en una área rural más allá de Santa Bárbara. Curioseando por ahí vi pegadas en la pared del puesto de vigilancia una serie de caras extrañas, algunas de ellas fotos de fichas policiales, todas indeseables, con nombres y títulos tales como Cree que está casada con Mr. Jackson y Puede estar armado y Ha estado merodeando cerca de la puerta.

Un camino alineado con estatuas de bronce de tamaño real –niños que saltan la cuerda, animales que retozan– conduce a un lago artificial y a una estrecha vía de ferrocarril hacia la mansión de Michael. Neverland ocupa todo un valle de más de once kilómetros cuadrados, aunque una pequeña parte se dedicó a viviendas: sólo la casa principal con sus tejas oscuras y ventanas de postigos y una casa para invitados de tres dormitorios. El resto se destinó a la terminal del ferrocarril, llamada Katherine Station por la mamá de Michael, un formidable cuartel de seguridad, varias casas de la risa, un cine (dormitorios con ventanales en vez de butacas) y sitios casi indefinibles, uno con tipis como los de los campamentos indios, un gazebo enorme.

Y extendido a lo largo de muchas hectáreas, el zoológico Jackson, de animales malhumorados. Las jirafas estaban comprensiblemente inquietas. En otro recinto, mecido en sus gruesas piernas, estaba Gipsy, un temperamental elefante de cinco toneladas que Elizabeth Taylor regaló a Michael. El elefante parecía sufrir con la furia del celo intensificado. “No se le acerquen”, advertía el cuidador. En la casa de los reptiles con ranas redondas como platos voladores y gordos pitones, tanto una cobra como una serpiente de cascabel se habían golpeado los colmillos contra el cristal de su jaula intentando morderme. Las llamas me escupieron, como lo hacen ellas, pero incluso en el santuario de los simios, AJ, un gran chimpancé hirsuto, con boca de pala, me escupió a la cara, y Patrick, el orangután, intentó torcerme la mano. “Y tampoco se acerquen a él.”

En la parte más ancha del valle los juegos del parque de atracciones estaban en funcionamiento –centelleantes, musicales, pero vacíos. El “Sea Dragon”, los carritos chocones de Neverland y el carrusel Neverland tocaban “Childhood”, la canción de Michael (“¿Alguien ha visto mi infancia?”). La música salía incluso de los prados y los jardines, altavoces disfrazados de grandes rocas grises zumbaban melodías de show, invadiendo el valle con el imparable hilo musical de Muzak que ahogaba el gorjeo de las aves silvestres. En medio de esto, un Jumbotron, su gran pantalla del tamaño de las de los autocinemas, mostraba una caricatura, dos criaturas con cara de locas graznaban miserablemente la una a la otra; todo esto muy brillante en el claro atardecer de California... sin una alma mirándolo.

Horas más tarde abordé un helicóptero con Elizabeth Taylor –estaba en Neverland entrevistándola–, y volamos sobre el valle. Que la escuchara tan claramente por encima del ruido del helicóptero dice algo acerca de la voz tan criticada de Miss Taylor. Voz de niña, suplicante, perforando el fuerte yack-yack-yack de las hélices de titanio del rotor, tomó a su perra, una maltés llamada Sugar, y me gritó: “Paul, dile al piloto que vuele en círculos, ¡así podremos ver el rancho entero!”

A pesar de que no retransmití el mensaje –a pesar de que él tenía los oídos amortiguados con audífonos–, la voz de Elizabeth salió disparada como un cuchillo hasta el piloto, quien nos levantó bastante alto en la rojiza puesta de sol de modo que Neverland parecía aún más un juguete.

–Ese es el gazebo donde Larry y yo nos casamos –dijo Elizabeth, moviendo la cabeza con ironía. Sugar parpadeó a través de sus blancas mechas muy bien peinadas que en algo se parecían al propio pelo blanco de Elizabeth–: La estación de ferrocarril, ¿no es lo más lindo? Ahí es donde Michael y yo hacemos los picnics –y señaló hacia un grupo de bosques en un acantilado–: ¿Podemos dar una vuelta más?

El valle de Neverland giró despacio debajo de nosotros, las sombras se alargaban desde el brillo rosa dorado que resbalaba del cielo.

Aun cuando no había llovido durante meses, las hectáreas de césped regadas por aspersores subterráneos estaban profundamente verdes. Aquí y allá, como soldados de juguete, gente de seguridad uniformada, patrullando a pie, o en carritos de golf, algunos de guardia; ya que Neverland era también una fortaleza.

–¿Para qué es esa estación de ferrocarril? –pregunté.

–Para los niños enfermos.

–¿Y todos esos juegos?

–Para los niños enfermos.

–Mira todas esas tiendas de campaña –escondidas en los bosques, este fue mi primer atisbo de la colección de tipis altos.

–La aldea india. Los niños enfermos aman ese lugar.

Desde esta altura podía ver que este valle de placer infantil laboriosamente recobrado estaba atestado de más estatuas de las que había visto desde tierra. Bordeando los caminos de grava y los senderos de los carritos de golf había pequeños bronces encantadores de flautistas, filas de chiquillos agradecidos que sonríen abiertamente, montones de pequeñines tomados de la mano, algunos con banjos, otros con cañas de pescar; y estatuas grandes también de bronce, como la pieza central del paseo circular delante de la casa de Michael, una estatua de Mercurio (el dios del comercio y los comerciantes), de treinta pies de altura, casco alado y caduceo y toda la cosa, en equilibrio sobre las puntas de los pies, la almibarada puesta de sol persistiendo en sus grandes nalgas de bronce, haciendo que su trasero parezca un muffin con mantequilla.

?

La casa de Neverland estaba llena de imágenes, muchas de ellas representando a Michael de tamaño natural, detalladamente ataviado, en poses heroicas con capa, espada, cuello volado, corona. El resto era una muestra de una especie de iconografía obsesiva, imágenes de Elizabeth Taylor, Diana Ross, Marilyn Monroe y Charlie Chaplin; y para el caso, de Mickey Mouse y Peter Pan, todos a los que, durante años, en lo que es menos una vida que una metamorfosis, él había venido pareciéndose físicamente.

–¿Así que tú eres Wendy y Michael es Peter? –pregunté después a Elizabeth Taylor.

–Sí, sí. Existe una especie de magia entre nosotros.

La amistad comenzó cuando, de la nada, Michael le ofreció boletos para uno de sus conciertos del “Thriller Tour” –por supuesto, ella pidió catorce boletos. Pero los asientos estaban en una cabina cerrada vip, tan lejos del escenario que “también podrías haberlo mirado en la tv”. En vez de quedarse, se llevó a su numerosa comitiva de regreso a su casa.

Al saber que se había ido temprano del concierto, Michael la llamó al día siguiente llorando y disculpándose por los malos asientos. Él permaneció en la línea, hablaron durante dos horas. Y luego hablaron todos los días. Pasaron las semanas, las llamadas continuaron. Los meses pasaron. “Realmente, llegamos a conocernos por teléfono, durante más de tres meses.”

Un día Michael sugirió que podría pasar por la casa. Elizabeth dijo: excelente. Michael preguntó: “¿Puedo llevar a mi chimpancé?” Elizabeth dijo: “Por supuesto, amo a los animales.” Michael se presentó de la mano del chimpancé, Bubbles.

–Desde entonces somos muy amigos –dijo Elizabeth.

–¿Ves mucho a Michael?

–Más de lo que la gente pudiera imaginar, más de lo que yo me imagino –respondió. En Los Ángeles van al cine disfrazados, se sientan hasta atrás, de la mano. Antes de que pudiera formular una pregunta más específica, dijo: “Lo adoro. Dentro de él existe una vulnerabilidad que lo hace aún más querido”, manifestó Elizabeth. “Nos divertimos tanto juntos. Sólo jugando.”

O jugando un papel: ella Wendy, él Peter. En el vestíbulo de su casa hay un gran retrato de Michael Jackson, que tiene inscrito: “A mi auténtico amor, Elizabeth. Te amaré siempre, Michael.”

Ella le regaló un elefante vivo. Su dermatólogo, el Dr. Arnie Klein, me mostró una foto de una fiesta tomada en Las Vegas: Michael se ve notablemente descolorido mientras le da a Elizabeth un regalo de cumpleaños, una chuchería con forma de elefante, del tamaño de una pelota de futbol, cubierta de joyas.

Lo que comenzó como una amistad con Michael Jackson se tornó en una suerte de causa en la que Elizabeth Taylor se convirtió en su casi única defensora.

–¿Y su –busqué una palabra– excentricidad? ¿Te molesta?

–Él es mágico. Y pienso que la gente realmente mágica tiene que tener esa excentricidad genuina. –No hay un solo átomo en su conciencia que le permita la más leve reacción negativa sobre Jacko.– Es una de las personas más cariñosas, dulces y genuinas que he amado en mi vida. Es parte de mi corazón. Y haríamos cualquier cosa el uno para el otro.

Esta Wendy más Wendy que Wendy, quien fue una preadolescente mundialmente famosa, que mantenía a sus padres desde los nueve años, dijo que había sido muy fácil relacionarse con Michael, quien también fue una estrella de niño, y a quien se le negó tener una infancia y, además, fue maltratado brutalmente por su padre. Había un barco a vapor “Katherine”, y una “Katherine Street” en Neverland; no había ninguna “Joseph Street”, ni nada que llevara el nombre de su padre.

2. Llamada telefónica

“Hablará contigo si se lo pido”, me había dicho Elizabeth. Y en una señal convenida Michael me llamó, un día a las cuatro de la mañana. No había intervención secretarial de “Mr. Jackson en la línea”. Los titulares de los tabloides del supermercado eran “Jacko en observación suicida” y “Jacko en el loquero”, y uno fechado en Sudáfrica, “Wacko Jacko Rey del Pop hace paracaidismo acuático con un niño de trece años”. De hecho, él estaba en Nueva York, donde se encontraba grabando un nuevo álbum. Eso fue hace diez años, 1999.

Mi teléfono sonó y yo escuché “Habla Michael Jackson”. Era una voz agitada, no entrecortada, tímidamente infantil, trémula de ansiedad y servicial, no la de alguien de cuarenta años. En contraste con este sonido melodioso, su sustancia era más densa, como un niño ciego que te da direcciones explícitas en la oscuridad.

–¿Cómo describirías a Elizabeth? –pregunté.

–Ella es una tierna cobija caliente a la que adoro arrimarme y cubrirme con ella. Puedo desahogarme y confiar en ella. En mi negocio no puedes confiar en nadie.

–¿Y eso, por qué?

–Porque no sabes quién es tu amigo. Porque eres tan popular, y hay tanta gente alrededor tuyo. También estás aislado. Volverse famoso significa que te conviertes en un prisionero. No puedes salir y hacer cosas normales. La gente siempre está mirando lo que haces.

–¿Has pasado por esa experiencia?

–Ah, muchas veces. Intentan ver lo que estás leyendo, y todo lo que estás comprando. Quieren saberlo todo. Abajo siempre están los paparazzi. Invaden mi privacidad. Tuercen la realidad. Son mi pesadilla. Elizabeth es alguien que me ama, que me ama realmente.

–Le insinué que ella era Wendy y tú Peter.

–Pero Elizabeth es también como una madre, y más que eso. Es una amiga. Es la Madre Teresa, la Princesa Diana, la Reina de Inglaterra y Wendy. Tenemos picnics fabulosos. Es tan maravilloso estar con ella. Realmente puedo relajarme, porque hemos vivido la misma vida y experimentado lo mismo.

–¿Que es...?

–La gran tragedia de las estrellas infantiles. Nos gustan las mismas cosas. Los circos. Los parques de diversiones. Los animales. –Y ahí estaban su fama y aislamiento compartidos. –Eso hace que la gente haga cosas extrañas. Muchas de nuestras luminarias se intoxican por eso... no pueden manejarlo. Y tu adrenalina está en el zenit del universo después de un concierto... no puedes dormir. Tal vez son las dos de la mañana y estás totalmente despierto. Después de salir del escenario estás flotando.

–¿Cómo lidias con ello?

–Veo caricaturas. Me encantan las caricaturas. Juego maquinitas. Algunas veces leo.

–¿Quieres decir que lees libros?

–Sí. Me encanta leer cuentos y todo.

–¿Alguno en particular?

–Somerset Maugham –dijo rápidamente, y luego, haciendo pausa en cada nombre–. Whitman. Hemingway. Twain.

–¿Y las maquinitas?

–Me encantan X-Men, Pinball, Jurassic Park. Los de artes marciales: Mortal Kombat.

–En Neverland jugué algunas maquinitas –dije–. Había una asombrosa, el Beast Buster.

–Ah, sí, ese es fantástico. Elijo cada juego. Aunque ese es quizá demasiado violento. Por lo general me llevo algunos cuando salgo de gira.

–¿Cómo te las arreglas? Son muy grandes, ¿verdad?

–Ah, viajamos con dos aviones de carga.

–¿Has escrito alguna canción con Elizabeth en mente?

–“Infancia.”

–¿Es esa que pregunta “Has visto mi infancia”?

–Sí, dice así –y melodiosamente recitó–: “Antes de que me juzgues, trata de...” –y luego cantó el resto.

–¿No es la que oí sonar en tu carrusel de Neverland?

Encantado, dijo: ¡Sí! ¡Sí!

Continuó hablando sobre su infancia, sobre cómo, al igual que Elizabeth, estrellas infantiles, él solía apoyar a su familia.

–Fui un niño que sostuvo a su familia. Mi padre tomaba el dinero. Dejaba un poco para mí, pero la mayor parte se guardaba para toda la familia. Yo sólo trabajaba todo el tiempo.

–Así que no tuviste infancia, entonces; la perdiste. Si tuvieras que hacerlo otra vez, ¿qué cambiarías?

–Aunque me perdiera mucho no cambiaría nada.

–Puedo oír a tus niños en el fondo –el borboteo se había vuelto insistente, como el desagüe en una inundación–: ¿Si quisieran ser artistas y llevar la vida que tú has llevado, qué les dirías?

–Pueden hacer lo que quieran. Si quieren hacer eso, está bien.

–¿Cómo los criarías de una manera diferente de la que te criaron?

–Con más diversión. Más amor. No tan aislados.

–Elizabeth dice que encuentra doloroso mirar hacia atrás en su vida. ¿Tú lo encuentras difícil?

–No en lo que toca a una visión general de tu vida en vez de a un momento en particular.

Esta forma oblicua y algo libresca de expresarse fue una sorpresa para mí... otra sorpresa estilo Michael Jackson. Me había hecho detenerme con “intoxicadas” y también con “el zenit del universo”. Dije: No estoy muy seguro de lo que quieres decir con “visión general”.

–Como la infancia. No puedo verla. El arco de mi infancia.

–Pero hubo algún momento en tu infancia en que te sentiste particularmente vulnerable. ¿Sentiste eso? Elizabeth dijo que ella sentía que era propiedad de los estudios.

–A veces, realmente tarde en la noche, teníamos que salir... podría haber sido a las tres de la mañana, para trabajar en un show. Mi padre nos forzaba. Nos despertaba. Yo tenía siete u ocho años. Algunos de estos lugares eran clubes o fiestas privadas en casas. Teníamos que trabajar. Esto fue en Chicago, Nueva York, Indiana, Filadelfia... –añadió–, por todo el país. Podía estar dormido y escuchaba a mi padre: “¡Levántense! ¡Hay un show!”

–Pero ¿no te emocionaba estar en el escenario?

–Sí. Me encantaba estar en el escenario. Me encantaba hacer los shows.

–¿Y la otra cara del negocio? Si alguien llegaba después del show, ¿te sentías incómodo?

–No me gustaba. Nunca me gustó el contacto con la gente. Incluso hasta hoy, después de una presentación, odio conocer gente. Me vuelve tímido. No sé qué decir.

–Pero hiciste esa entrevista con Oprah, ¿verdad?

–Con Oprah fue duro. Porque era por tv... La tv está fuera de mi ámbito. Sé que todo mundo está mirando y juzgando. Es tan difícil.

–¿Este sentimiento es reciente... que estés bajo la lupa?

–No –respondió con firmeza–, siempre me he sentido así.

–¿Incluso cuando tenías siete u ocho años?

–No soy feliz haciéndolo.

–Lo que me hace suponer por qué el hablar con Elizabeth durante un periodo de dos o tres meses por teléfono haya sido el modo perfecto de conocerse. O haciendo lo que hacemos ahora mismo.

–Sí.

En algún punto, el uso que hizo Michael de la frase “infancia perdida” me impulsó a citar un pasaje de Germinal de A.E. (George William Russell): “En la niñez perdida de Judas/ Cristo fue traicionado”, y, del otro lado de la línea, escuché: “Wow.” Me pidió que le explicara el significado, y cuando lo hice insistió en que lo describiera detalladamente. “¿Qué clase de infancia tuvo Judas? ¿Qué le sucedió? ¿Dónde vivió? ¿A quién conocía?” Le dije que Judas era pelirrojo, tesorero de los Apóstoles, y que pudo haber sido un miembro de un grupo radical judío que pudo no haber muerto ahorcado sino que de algún modo se habría hecho explotar, todas las tripas de fuera. Veinte minutos más de textos bíblicos apócrifos con Michael Jackson, sobre la infancia perdida de Judas, y luego otra vez el susurro: “Wow.” ~


Traducción de María Lebedev

© Paul Theroux / The Sunday Telegraph

martes, 24 de julio de 2007

El Sobreviviente


Así, Sobreviviente, con mayúsculas.
Carlitos Páez se lo merece. Ateniéndonos a lo que dice García Marquez, la vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir. A Páez le han tocado algunas de las oportunidades más cabronas. Sí, cabronas.

Tuve la oportunidad de entrevistarlo hace algunos años. Su humor, aunque corrosivo y negro, no dejaba de sudar un enorme optimismo. La tragedia afina la ironía pero no mata el brillo de las miradas y el tono festivo de una carcajada.

Los dejo con la historia de Carlitos Páez. le he quitado al texto original algunas cosas que por el tiempo en que se publicó ya no tienen ahora un significado relevante.
Cuando me agarra el mal genio y me clavo en los corajes cotidianos me acuerdo de Carlitos Páez: él se estrelló en un avión, lo sepultó una avalancha de nieve, casi se murió de frío, los abandonaron dándolos por muertos y tuvo que comerse a sus amigos para poder sobrevivir... y sigue sonriendo.

Que uno se ande quejando a veces de los malecitos que nos agobian ya de plano es tener muy poca vergüenza.

El sonido del viento gélido azotando las montañas de los Andes y la blancura casi cegadora de la nieve cubriendo completamente el paisaje fueron trastocados por la figura de los dos helicópteros que llegaron a rescatar a Carlos Miguel Páez Rodríguez.
Dos pájaros de acero que le llevaban la libertad es la interpretación que Carlitos Paez, como le gusta que le llamen, hace de las aeronaves chilenas que recogieron a los otros sobrevivientes de uno de los accidentes más comentados en la era contemporánea, él es uno de los supervivientes de Los Andes.

Páez estuvo el fin de semana pasado en Guadalajara para narrarle a los tapatíos la impresionante hazaña de supervivencia de 16 personas, pero sobre todo, para buscar contagiar a quienes lo escucharon, de su rabiosa persistencia para no dejarse arrebatar la vida por la adversidad.

El avión uruguayo que despegó el 13 de octubre de 1972 con destino a Chile transportando a 45 personas, muchos de ellos estudiantes y miembros de un equipo de rugby, se estrelló en la Cordillera de los Andes.

Doce de los pasajeros murieron por la caída, y los sobrevivientes se enfrentaron a temperaturas de 30 grados bajo cero de las montañas por la noche, y al hambre que los obligó a alimentarse de sus compañeros muertos hasta ser rescatados 72 días después del accidente.

La amplia sonrisa en la cara de Páez se disuelve en un sombrío gesto al recordar la avalancha en la montaña, esa vuelta de tuerca del destino que los sepultó bajo la nieve causando la muerte de otras ocho personas, entre ellas sus dos mejores amigos.

"Ahí fue cuando insulté a Dios con todo, no me creía lo que nos estaba pasando".

Sin embargo, el ahora publicista y conferencista no duda en aseverar que en esas montañas de blancura infinita encontró a Dios, un Dios que no le enseñaron en la escuela.

"Me encontré no a un Dios enseñado, sino a un Dios sentido, allá arriba sentí a Dios, allá arriba nos enseñamos a ser humildes".

Señala incluso que una vez bromeó con un Obispo mexicano al decirle que a veces para encontrar a Dios es mejor un mal piloto que un buen cura.

Durante su conferencia en el Auditorio Salvador Allende del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, Páez mantiene cautiva a la audiencia, los hace llorar y reír, el silencio expectante causado por el relato explota en carcajadas con las muestras de humor que el sobreviviente inserta en sus charlas, él dice que también el humor los mantuvo vivos, y recuerda la felicidad de haber encontrado 150 paquetes de cigarrillos entre los restos del avión desperdigados por la montaña.

"Fue tan larga esta historia que nos alcanzó para dejar el vicio y volverlo a agarrar", dice.

El llanto tiene muchas causas, y él dice haberlas experimentado casi todas, lloró de dolor, de rabia, de tristeza, de desesperación, de esperanza y de alegría, pide aplausos para esos dos hombres que abandonaron el avión para ir a buscar ayuda, pide respeto y gratitud para su amigo Nando, quien les dio permiso de comerse a su madre y a su hermana en caso de necesitarlo mientras ellos regresaban con el auxilio.

"Después del día diez" es el título de su libro, y es también el día que escucharon en la radio del avión que la búsqueda había sido abandonada y se dieron cuenta de que ahora dependían de ellos mismos.

Después de más de 87 conferencias en el País en instituciones públicas y privadas, Carlitos Páez sonríe a la vida, porque la vida le sonrió a él hace 32 años en la Cordillera de los Andes. Firma libros, reparte autógrafos y se toma fotos con quienes lo solicitan, es un rockstar venciendo a la catástrofe, la confirmación de que la esperanza no muere al último, sino que es inmortal. ¿Alguien dice que no se puede aprender de la tragedia?

Ja, que le pregunten a Páez.





La nota fue publicada por MURAL el 10 de octubre del 2004, aquí estoy en la foto con él en el CUCSH a casi tres años y 10 kilos de distancia.
(Las otras fotos son tomadas del sitio de internet de Carlos Páez).

miércoles, 11 de julio de 2007

Un villano sangrón


Drácula, de Bram Stoker le dio un giro a la literatura de terror. Trasladó las leyendas de vampiros de la calle a las páginas, convirtiendo el cuento y la supertición en un relato que ha trascendido fronteras y épocas.
Pero, ¿de dónde surge el mito?, ¿quién fue en realidad Vlad Dracul mejor conocido como "El Empalador"?
Al conde le hincaron el diente en este perfil escrito por el escritor Santiago Roncagliolo y publicada por el diario español "El País" en el 2005. El escrito es una joyita literaria, excelentemente bien escrita y que rezuma humor negro e ironía a borbotones. Que lo disfruten.


El príncipe de las tinieblas
Vlad III de Valaquia, más conocido por Drácula, el hijo del diablo sediento de sangre, fue un hombre cruel transformado en leyenda gracias al escritor Bram Stoker, que lo refinó y le convirtió en un conde exquisito. Su historia es de terror

Por Santiago Roncagliolo
La novela Drácula, de Bram Stoker, fue muy injusta con su fuente de inspiración, el príncipe Vlad III de Valaquia. Parece cierto que Vlad asesinó a más de 100.000 personas en un país de medio millón de habitantes. Es verdad que disfrutaba ordenando muertes lentas y torturas como despellejamientos, mutilaciones, descuartizamientos, clavos en la carne humana, marcas con hierros calientes en la piel, prácticas caníbales y, su pasatiempo favorito, empalamientos. Pero la historia no ha podido probar que le haya mordido el cuello a ninguna chica.

Además, tenemos que ponernos en situación: son los estertores de la Edad Media en lo que hoy es Rumania, precisamente la triple frontera entre el imperio otomano, la Europa ortodoxa y la Europa católica. Los gobernantes de Valaquia saben que, sin importar de qué lado se pongan, los de algún otro lado vendrán a machacarlos. Entre los sistemas medievales de presión política figuran la decapitación, el apaleamiento y el saqueo de poblaciones enteras. El código penal de la época tampoco era una perita en dulce: los hechiceros eran quemados; los falsificadores, hervidos en aceite; a los blasfemos se les colgaba de la lengua con un gancho; a quien cortaba un árbol sin permiso se le arrancaban las tripas, se le ataba con ellas y se le obligaba a correr alrededor del árbol hasta que quedase enroscado.

Afrontémoslo: Vlad era un psicópata; pero hay que reconocer que, si eso fuese una carrera académica, la Valaquia del siglo XV habría sido un interminable y sangriento doctorado.

El padre de Vlad, Vlad II, ya había tenido que lidiar con esos tiempos violentos. Era caballero de la Orden del Dragón, creada para combatir a los turcos, y de ahí tomó su apellido Dracul. Por una travesura de la etimología, Dracul en rumano significa “el diablo”. Al pequeño Vlad, nacido en Transilvania en 1431, le correspondió el simpático sobrenombre de Draculea: hijo del diablo.

Con el apoyo del rey de Hungría, papá Vlad llegó a voivoda (o sea, príncipe de Valaquia) a cambio de su apoyo en la lucha contra los impíos otomanos. Pero los húngaros sufrían tantas revueltas internas que no eran capaces de ayudarle a él en la defensa de sus territorios. Los turcos, en cambio, eran muchos y estaban muy bien armados y disciplinados. Nada más llegar al trono, con mucho sentido práctico –y poco ético–, papá Vlad decidió cambiar de bando. Ofreció tributo al sultán, le rindió un homenaje junto a 300 de sus nobles, besó el borde de su manto y, para que no quedase lugar a dudas, le entregó como rehenes a sus dos hijos menores: Vlad y Radu.

Pocos hermanos han sido tan distintos entre sí como esos dos. Si Vlad era corpulento, Radu era un enclenque. Si Vlad mostró desde pequeño un valor rayano en locura temeraria, Radu era débil de carácter y diletante. Si Vlad tenía las cejas espesas, el labio inferior hinchado y unas fosas nasales como dos cráteres, Radu era famoso por su belleza física. Pero, sobre todo, si Vlad era un austero y reprimido moralista, Radu era la sensualidad en persona. Desde la pubertad despertó los apetitos del heredero del sultán, Mehmed, y aunque se resistió al principio, luego descubrió las ventajas y comodidades del intercambio de favores.

Parece que Vlad no se adaptó tan bien. En realidad, tampoco se quedó tanto tiempo. En 1446, los húngaros vengaron la traición de su padre apaleándole hasta la muerte y negándole el derecho a sepultura. Su hermano mayor, Mircea, corrió la suerte inversa: lo enterraron vivo. De un día para otro, el pequeño Vlad se convirtió en heredero directo a príncipe de Valaquia.

Pero el sistema de elección del voivoda no se basaba en la primogenitura. De hecho, dependía de una asamblea de los nobles eslavos llamados boyardos, que elegían entre los candidatos de la familia real. La elección solía realizarse según la conveniencia del momento. Y Vlad no convenía. Su primer gobierno con apoyo turco duró sólo dos meses antes de ser defenestrado. Su sucesor, Vladislav II, no se mostró hostil con el sultán, así que, a Turquía, el cambio le dio igual. Vlad perdió el respaldo otomano. Decepcionado y abandonado una vez más, el joven vagó durante los siguientes ocho años por Europa tratando de recabar apoyos políticos para recuperar el trono que consideraba legítimamente suyo.

La oportunidad llegaría de las manos más inesperadas. Una disputa comercial con Hungría le costaría el trono a Vladislav II. El rey húngaro necesitaba un candidato más condescendiente para gobernar Valaquia, y se acordó de Vlad. Comenzaron los conciliábulos entre los húngaros –siempre dispuestos a olvidar que ellos habían matado a la familia Dracul– y los boyardos –siempre dispuestos a llegar a un acuerdo mientras no les tocasen la cartera–. Ya se sabe que en política la memoria es corta. Ni siquiera el propio Vlad se molestaba con problemas de conciencia. Para alcanzar su ansiado trono sólo tenía dos alternativas: aliarse con los turcos, que ya le habían traicionado, o aliarse con los asesinos de su padre y de su hermano. Optó por lo segundo.

En 1456, a los 25 años, Vlad entró en Valaquia al mando de un ejército transilvano. No le costó mucho hacer prisionero al voivoda Vladislav y ejecutarlo frente a un público más ávido de espectáculo que de justicia. Así se inauguraba el principado de Vlad III, que en adelante añadiría a su nombre de Draculea el apelativo de Tepes (“el empalador”).

Digamos que soy voivoda de Valaquia. Me amenaza, por un lado, un ejército de 100.000 hombres; por el otro, uno de 70.000. No cuento con mis boyardos, que han montado un sistema para limitar mi poder a sus caprichos. Mis campesinos están hartos de la explotación y se niegan a pelear. Mis antecesores han durado un promedio de tres años, dedicados exclusivamente a seguir durando. Soy un pelele político sin dinero, sin poderío militar y sin influencia sobre otros Estados. Sólo hay algo que puede mantenerme al mando: el miedo. Si no me sacan será porque no se atreven.

Consciente de ello, Vlad siguió un orden muy riguroso en la administración de la violencia. Empezó ocupándose del enemigo interior. Siguiendo la costumbre, organizó un festín de Pascua para todos los boyardos con influencia en la elección del principado, unos 500. Cuando la fiesta estaba en lo mejor se le ocurrió un ingenioso juego de preguntas y respuestas. La primera pregunta era: ¿a cuántos voivodas habéis visto pasar? Los nobles se divertían. Varios mencionaron a seis, a ocho. Algunos de los más viejos recordaban hasta 30. La segunda pregunta era: ¿no os parecen demasiados? Ahora, los boyardos se carcajeaban. Son más que platos hay en esta mesa, son más que las jarras de vino que uno se puede beber. Se lo estaban pasando en grande. Vlad dio la respuesta ganadora: “Si han sido tantos es por culpa de vuestra infamia y vuestra traición”. A algunos se les cortó la risa al oírle, otros pensaron que era hora de irse a casa. Pero era tarde. Se abrieron las puertas del salón e ingresó la guardia personal de Vlad.

Los nobles fueron capturados sin mucho esfuerzo. Suplicaron piedad, pero nadie les estaba escuchando. Les ataron las manos a la espalda y les dejaron los pies bien separados. Les colocaron boca abajo y lubricaron con aceite sus orificios posteriores. Luego, los verdugos introdujeron por ahí palos puntiagudos que afirmaron a martillazos hasta que penetraron unos 50 centímetros. Finalmente sembraron los palos como árboles en el suelo. La punta de los palos era roma, de modo que no perforaba los órganos internos; sólo los iba haciendo a un lado a su paso, buscando una salida, mientras los cuerpos descendían por su propio peso. Algunos tardaron en morir tres días.



El empalamiento cumplía una función didáctica. Se realizaba en lugares transitados, como plazas y caminos, a modo de advertencia por si a algún otro gracioso se le ocurría traicionar al voivoda. Las víctimas se dejaban ahí durante meses, mientras los cadáveres se iban descomponiendo.

Vlad repartió las propiedades de los boyardos empalados entre algunos nobles menores, varios monjes y muchos campesinos libres, para crear una nueva clase dominante leal a sus órdenes. Pero no debemos inferir de ello una actitud elitista por su parte. Vlad era muy democrático en su salvajismo. Su siguiente banquete fue para los mendigos y pordioseros de Valaquia. Esta vez, el juego de las preguntas era distinto: “¿Queréis veros libres de miserias y privaciones?”. Los mendigos querían. Para satisfacerlos, Vlad cerró las puertas de la sala y les prendió fuego. El problema de la pobreza estaba resuelto.

A los gitanos también les ofreció una salida productiva. Reunió a unos 300, escogió a tres de ellos y los mandó asar. A fuego lento. A los demás les ofreció una opción: o se comían a sus amigos, o se enrolaban en el ejército. Los gitanos formaron a partir de entonces un contingente armado de dudosa heroicidad.

El problema con los malos es que siempre creen que son buenos. Vlad estaba obsesionado con la virtud de su pueblo, que promovía con medidas drásticas. Si algo realmente le desesperaba era la infidelidad femenina. Las mujeres que engañaban a sus esposos eran empaladas por la vagina con hierros candentes. Sus órganos sexuales y pechos eran mutilados, y si su pecado era grave, se las desollaba antes del empalamiento. Sus hijos, por lo general, sufrían el mismo castigo. Si eran muy pequeños, los empalaban incrustados en los pechos vacíos de las madres. Vlad sabía por experiencia propia lo peligroso que podía ser en el futuro un hijo sediento de venganza. El infanticidio era el modo más práctico de curarse en salud.

Sin embargo, no se puede acusar a Vlad de nepotista. Estaba dispuesto a impartir su peculiar sentido de justicia incluso contra sus seres queridos. Una vez, al verle deprimido, su amante le dijo para alegrarle que esperaba un hijo de él. Pero era mentira. Vlad la hizo revisar por unas comadronas. Tras certificar el falso embarazo la rajó personalmente de la pelvis al pecho en busca del supuesto bebé.

Algunos biógrafos con influencia del psicoanálisis sugieren que su insólito despliegue de crueldad se debía a que Vlad era sexualmente impotente y sublimaba sus carencias sexuales a través de la tortura. Pero él se justificaría diciendo que la suya era una legítima preocupación por la sana moral de los rumanos. Bueno, probablemente no diría nada. Simplemente mandaría empalar al biógrafo. En todo caso, cabe decir en su favor que era igualmente cruel con los ladrones, a quienes, por lo visto, juzgaba tan réprobos como a los pobres, las mujeres, los niños y los gitanos. Conocedores de la severidad de los castigos –que incluían, aparte del consabido empalamiento, la pérdida de los ojos–, los amigos de lo ajeno contuvieron sus impulsos en Valaquia. Vlad estaba especialmente orgulloso del símbolo de su autoridad: la copa para beber de la fuente en la plaza de Tirgoviste. La copa era de oro puro y no estaba custodiada. Pero nadie se atrevió a robarla durante todo su reinado. El imperio de la ley y el orden, que le dicen.

Pero hasta ahora sólo hemos hablado de la paz. Luego hubo una guerra. Y la cosa empeoró.

Aparentemente, Vlad se habría podido ahorrar el enfrentamiento contra el poderoso imperio otomano. Pero es que el príncipe tenía muy malos modales. El emisario encargado de cobrar el tributo del sultán se presentó en su castillo con el turbante puesto. Y eso no le gustó. El turco le explicó que ésa era su costumbre, que ni siquiera ante el sultán se quitaba el turbante. Vlad dijo: “Quiero, entonces, confirmarte en tus costumbres”, y mandó clavarle el turbante a la cabeza. De más está explicar que no pagó el tributo.

Para colmo, Vlad se dedicó a atacar las fortalezas turcas del Danubio. Quizá simplemente decidió adelantarse a la invasión que se produciría más tarde o más temprano. O quizá fantaseaba con liderar a la cristiandad en su cruzada contra los infieles. Eso al menos parece indicar la carta que envió al soberano de Hungría para convencerle de sumarse a los combates: “He matado a hombres y mujeres, a viejos y jóvenes, desde Oblucitza y Novoselo, donde el Danubio entra en el mar, hasta Samovit y Ghigen. Hemos matado a 23.884 turcos y búlgaros, sin contar aquellos a los que quemamos en sus casas, o cuyas cabezas no fueron cortadas por nuestros soldados […]; 1.350 en Novoselo, 6.840 en Silistria, 343 en Orsova, 840 en Vectrem, 630 en Tutrakan, 210 en Marotim, 6.414 en Giurgiu, 343 en Turnu, 410 en Sistov, 1.138 en Nicópolis, 1.460 en Rahovo…”. El escrito iba acompañado por dos costales llenos de orejas, narices y cabezas. Pero ni así convenció a nadie. Vlad tendría que enfrentarse solo al sultán Mehmed, que además estaba tan furioso que dirigiría personalmente a su guardia de élite, los jenízaros, y a su ejército de 100.000 hombres. Uno de ellos, por cierto, era un viejo conocido: Radu el Hermoso, el hermano de Vlad, el elegido del sultán para ocupar el trono de Valaquia tras la victoria.

Como única estrategia posible, Vlad, que sólo contaba con 20.000 hombres, inventó la guerrilla: atacaba de noche y por sorpresa, rapiñaba la retaguardia turca, asesinaba a los soldados que se apartaban del grueso de la tropa. También tenía métodos para potenciar el valor de sus propios soldados: premiaba y condecoraba a los heridos por el frente; en cambio, a los que presentaban heridas por la retaguardia, señal de huida, los empalaba. Además ordenó a sus súbditos aplicar la estrategia de tierra quemada. Los valacos dejaron los pueblos y se refugiaron en las montañas con víveres y ganado. Los soldados turcos se desmoralizaban al no tener nada que saquear.

El sultán continuaba su avance hacia Tirgoviste, bajo un sol abrasador y sin agua. Cada vez entendía menos qué tenía que ganar en esa guerra. La marcha duró siete días. El último de ellos encontraron el bosque de los empalados: 20.000 cadáveres sembrados en una extensión de 10 kilómetros cuadrados. Hombres, mujeres, niños cubiertos de cuervos y buitres que construían sus nidos en sus cavidades óseas. Tras el bosque estaba la capital abandonada y vacía.

Mehmed dejó ahí a Radu, un heredero legítimo que pronto consiguió el apoyo de los boyardos, hartos de los excesos del anterior voivoda y ansiosos de paz con los turcos. Vlad huyó a Hungría. Sus aliados le habían abandonado, su hermano ocupaba el trono de Valaquia y su mujer se había suicidado ante la inminencia de la derrota. Pero aún no terminaban sus problemas. Los húngaros interceptaron unas supuestas cartas de Vlad ofreciéndole una alianza al sultán. Fue a Buda en busca de ayuda y sólo consiguió hacerse arrestar.

Su cautiverio duró 12 años, pero no parece haber sido especialmente duro. Se trató más bien de un arresto domiciliario. El rey de Hungría se complacía mostrándoselo a sus huéspedes, como una bestia de feria conocida por la leyenda de su crueldad. Quién sabe si Vlad también se divertía con eso. Tenía otros hobbies. Cazaba ratones y los empalaba. Compraba pájaros en el mercado sólo para atormentarlos y dejarlos en libertad. Una vez, un alguacil entró en su casa sin avisar, durante la persecución de un ladrón. Vlad lo mató. Explicó que no se entra así en casa de un príncipe. Al rey húngaro le pareció muy gracioso.

Pero en política, la memoria es corta. Los conflictos en Valaquia continuaron. Radu murió asesinado o en combate, ni siquiera se sabe. Los turcos volvieron a atacar. Los europeos necesitaban al mejor jefe militar que se les había enfrentado. Una vez más, Vlad Drácula volvió a Valaquia para enfrentarse a Mehmed.

Hay tres versiones de lo que ocurrió entonces. La primera dice que Vlad murió en combate; la segunda, que sus hombres le confundieron con un turco y lo mataron; la tercera, que un sicario le degolló por la espalda. En cualquier caso, todos tenían razones para hacerlo. La supervivencia de Vlad entre valacos, turcos y húngaros era imposible. A petición de Mehmed, decapitaron su cuerpo. Enterraron el tronco en el monasterio de Snagov y enviaron la cabeza al sultán conservada en miel para que la exhibiese clavada en una lanza. Años después, el hijo de Vlad, el último Drácula, gobernaría y moriría asesinado, como todos sus familiares.

Un grabado de la época muestra a Vlad almorzando apaciblemente al lado de un bosque de empalados. Frente a él, uno de sus empleados trocea a un cadáver. Sin embargo, Vlad no come carne humana ni bebe sangre, sólo almuerza. En la mesa hay pan, quizá un guiso. El grabado forma parte de las fuentes de la historia de Vlad, que se convirtió en el primer best seller del mundo antes que la Biblia. Las crónicas alemanas hablan de él como un monstruo; las rusas, aunque no ahorran detalles sobre su crueldad, le consideran un hombre justo que defendió a los suyos contra los extranjeros y los nobles corruptos. Incluso muchos rumanos le consideran un héroe nacional, pero uno de ellos parece haber sido el dictador Ceausescu, que no resulta una buena referencia.
A lo largo de la historia, esas leyendas, que tienen mucho de tradición oral y seguramente de exageración, jamás se mezclaron con las de los vampiros –mugrientos muertos-vivos putrefactos y sin glamour– que abundaban en Rumania. Hasta la llegada de Bram Stoker. Stoker convirtió al desagradable engendro en un refinado conde centroeuropeo, haciéndole más digerible para el lector victoriano, y barnizándolo, por supuesto, con una pátina de atractivo sexual.

No está claro cuánto investigó Stoker realmente y cuánto fue producto de su calenturienta imaginación. Está claro que Vlad, el hijo del diablo sediento de sangre cuya cabeza fue arrancada y clavada en una estaca, el príncipe que peleó contra tres religiones y cuya alma vagaría por la tierra rechazada de todos los paraísos, daba juego para todo tipo de fábulas. Pero había cosas que ni el talento literario de Stoker podía prever. En 1931, un equipo de arqueólogos exhumó el sepulcro de Vlad Drácula en el monasterio de Snagov. En el interior sólo encontraron huesos de animales.

domingo, 8 de julio de 2007

Memoria al otro lado de la barda.

¿Se imaginan un día salir de su casa y nunca, nunca volver a ver a absolutamente a nadie de su familia?, ¿no recordar la cara de sus padres, ni los nombres de sus hermanos?

Eso le pasó a José. Aquí la historia que me encontré en las calles de Tonalá.




Por José Alonso Torres



Cada día, desde hace más de 40 años, José recuerda el momento en que saltó la barda del patio trasero de su casa para ir a jugar a un lote baldío. Fue la última vez que vio a su familia.

Tenía cuatro años, una edad en que los recuerdos aún son nebulosos y suelen confundirse con los sueños y lo imaginado. La memoria de su niñez se compone de retazos de imágenes. Se acuerda de que le decían José, puede ver a una hermanita que todavía gateaba y a su hermano mayor, con quien saltaba el muro para irse a jugar a un potrero y después regresar juntos a casa. Aquel fatídico día, su hermanito no fue tras él.

"Comencé a caminar y a caminar sin reconocer las calles, luego me subí a un camión y me bajé en un parquecito, donde me quedé dormido hasta que una pareja me llevó a una delegación de la Policía", comenta José en voz baja, casi como en un susurro.

Luego de algunas horas de dormir sobre la litera de uno de los policías, José fue llevado al recinto que le heredó el apellido al niño cuando nadie fue a preguntar por él: el Hospicio Cabañas. Le calcularon la edad: cuatro años. Ahí oficialmente apareció José Cabañas y desapareció el niño que salió de su casa para perderse en la Zona Metropolitana de Guadalajara.

La falta de recuerdos de la niñez que permitieran obtener una pista de su familia, su casa o su colonia lo desesperan. Shakespeare decía que la memoria es el centinela del cerebro, por eso a José las imágenes vagas, borrosas y descoloridas lo atormentan, lo enloquecen. Quiere reconocerse entre los suyos.Un pasillo largo y una vivienda humilde, un patio trasero lleno de plantas con flores de muchos colores . La silueta de una madre a quien por más que se esfuerce nunca puede verle el rostro, nada más los brazos, sólo escucha una voz que lo arrulla, que le canta con ternura, pero el rostro se desfigura, se le desaparece. José nunca ha podido ver ni en sueños el rostro de mamá. Ni a papá, que en su mente es sólo una sombra lejana.

"Estuve hasta los 11 años en el hospicio, de ahí me llevaron con una familia, la familia Rivas Aguilera, con quienes viví hasta que me fui solo a los 17 años", comenta entre sollozos.

Según el acta de nacimiento que le dieron en el Cabañas, José tiene 48 años, sentado en la banca de una capilla que ayuda a construir en Tonalá, desvía de vez en cuando la mirada y la clava en el altar improvisado en donde se ofician las misas. En sus manos sostiene una fotografía que le tomaron cuando cumplió 12 años y terminó la primaria. No sonríe, su gesto es serio, cansado, agobiado, sus ojos lucen un poco apagados, el ceño fruncido.

Comenta que la familia adoptiva lo trató bien, pero él no cesará en la búsqueda en espera de un milagro.

Al reverso de la fotografía hay una frase escrita con caligrafía temblorosa, "Te quiero papá" se puede leer; es un mensaje que puso su hija más pequeña hace ya varios años. José se casó y tiene seis hijos. Son la luz que alumbra su vida, aunque en el fondo no se apaga la pequeña lucecita de esperanza de volver a ver a alguien de sus parientes.Ignora si su familia lo buscó o no, ya adulto, José preguntó el el hospicio si tenían noticias, nunca averiguó nada.Estudió una carrera técnica como mecánico, pero trabaja en un negocio que vende acero y en la construcción de la capilla San Rafael en el Circuito Loma Sur, en Tonalá. No ha tenido una vida fácil y cuando se le pregunta si tuvo malas experiencias en su niñez y juventud desvía de nuevo la mirada hacia el altar.

Quiere recordar lo bueno, separar sus memorias de angustia de las alegrías que pudo tener tanto en el hospicio, la escuela, con su familia adoptiva o cuando se fue a vivir solo.

Dicen que saber olvidar lo malo también es tener memoria. José Cabañas sabe bien qué es lo que quiere volver a recordar y qué no, aunque no lo diga.




Publicado en MURAL, algún día del mes pasado (Versión editada)