Uno de los mejores conciertos a los que fui este año fue el de Iron Maiden en el Auditorio Telmex, según mi propio recuento de recitales a los que asistí, por ello me acordé de una anécdota de mi adolescencia: la única ocasión en que el grupazo inglés hizo retumbar las ventanas en un colegio religioso.
Estudiar la primaria y la secundaria en un colegio de religiosas en Arandas, Jalisco fue una valiosa experiencia para este humilde narrador. No me malinterpreten y me llamen hereje antes de tiempo: saqué de ahí un par de valiosas enseñanzas que me iban a servir para mucho en mi futuro.
Como es habitual en muchas instituciones privadas, también entre la perrada había clases, la diferencia entre los estudiantes y su respectivo trato por parte de los maestros se derivaba de tres características muy bien definidas: por un lado estaban los macizos chiqueados por las monjas y por el otro, nosotros, el resto del infelizaje. No nos dividía la capacidad intelectual, lo que pintaba la raya entre los meros meros y la cualquiereada tenía que ver con razones más mundanas: si no eras de las familias emperifolladas, de los bonitos o de esos aplicaditos de cartón dispuestos a destilar adoración y zalamería perpetua, estabas jodido, te resignabas a tener que andar toreando los castigos y los regaños de la mayoría de las religiosas, pero eso sí, enseñaban bien las materias.
Yo era tranquilo, sereno moreno pazguatón, pero ya pintaba pa´ subversivo, nunca hubo broncas conmigo hasta que me cayó el veinte de que no encajaba en el esquema ni metido con calzador, si bien no era mal estudiante ni un berrinchudo empedernido, mis gustos me llevaban por otra banqueta diferente a mis compañeros, me di cuenta de que no valía la pena querer pertenecer a un grupo donde no podía o debía hacer, escuchar o expresar lo que se me pegara la gana.
Así que en 1987 decidí poner a prueba la paciencia de mis queridas tutoras del Colegio Nueva España, de la orden de las Siervas de Jesús Sacramentado (¿a poco no es como para nombre de grupo dark?) y exhibir la supuesta tolerancia que pregonaban.
Como cada mayo, a los estudiantes nos ponían a hacer dos cosas, coronar en sentida ceremonia en el patio mayor a la virgen con una diadema de flores que representaban que durante un mes habíamos ido casi todos los días a comulgar y juntar dinero para las misiones. El grupo que juntaba más dinero se ganaba un paseo a Agua Caliente “todo pagado”… por nuestros respectivos progenitores (¿a poco creen que el Colegio iba a soltar billetes para la excursión?), lo que en realidad ganábamos era el permiso para ausentarnos un día de clases.
Durante los recreos, los alumnos de distintos grupos se ponían a vender desde tamales hasta refrescos, las ganancias se acumulaban para fondo de las misiones, y un día, a alguien se le ocurrió decir que se podía juntar más lana si, como en las ferias de pueblo, se cobraba a los alumnos para que pusieran las canciones que quisieran usando el sistema de altavoces del colegio.
-¿La canción que uno quiera?, pregunté. Me dijeron que si, todo era cuestión de mocharme con la cuota respectiva. Total, ¿qué música era la que iban a poner un montón de muchachitos pueblerinos que tenían como referencia musical a “Siempre en Domingo”?
Mis compañeras se emocionaban, como el colegio no tenía discos, nosotros los teníamos que llevar. Así fue como nuestros recreos se sazonaban con Timbiriche cantando “Besos de ceniza”, o alguna rola de menudo, entre otros.
Así que mientras consumíamos gansitos y jugábamos luchas a escondidas de los maestros, por las bocinas se escuchaba la voz de alguna de las maestras o secretarias diciendo: “esta canción es dedicada para el grupo de segundo B de su compañera…” y ¡zas!, se arrancaban con una bonita melodía.
Yo ya andaba algo mal de la tatema gracias a mi primo tapatío Tony que conseguía Lp´s importados en el Quinto Poder y me maleducaba con discos de sabroso y pegador Metal de ese de a de veras; Un buen día me llevé a la escuela el último álbum que me había prestado: Live after death, un disco doble en vivo de Iron Maiden.
Como habrán de suponer, me llevé el disco en una bolsa para que las monjitas no vieran la portada y les diera el patatús antes de tiempo.
Saqué el primer disco de la bolsita, pagué mi cuota y di las instrucciones: pónganlo desde el inicio, la primera canción. En cuanto llegó mi turno y pusieron la agujita sobre el vinil, le corrí al patio a ver la reacción de la flota.
“Esta canción está dedicada por Alonso para todos sus compañeros”, dijo la locutora improvisada y que empieza a sonar la introducción del concierto, que es un discurso de Wiston Churchill alentando a las tropas inglesas a darle en su mandarina a los alemanes en Francia durante la segunda guerra mundial.
Inmediatamente algunos maestros empezaron a arquear las cejas y varios estudiantes pararon sus actividades ante la voz de Mr. Churchill que sonaba lúgubre y da paso a los guitarrazos de la tremenda Aces High.
¡Y se armó la gorda!
Creo que la rolita alcanzó a sonar un minuto antes de que la directora ordenara que quitaran ese ruido endemoniado. ¡Ay, qué cosas malignas y satánicas dirán en esas canciones!, me reclamó; de poco sirvieron mis argumentos de que la introducción era casi casi como una clase de historia. Ni modo, por lo menos me regresaron mi dinero.
En adelante, cada disco era supervisado y me quedé con las ganas de poner algo del Masters of Puppets para mis compañeros en otra ocasión. Me salvó que yo era una chucha cuerera para las clases de Historia y todas las relacionadas con las Ciencias Sociales y de ahí me agarré, los profesores jóvenes se cagaban de risa.
¿Qué habría pasado si les hubiera confesado que a escondidas de mi amá, mi primo me había grabado el disco Pacto con el Diablo, de los Ángeles del Infierno? ¡Ave maría purísima!
Iron Maiden regresa a Guadalajara en febrero…
Y como dijo el Piporro: Aikir.
Y ¡cómo no! Dios mediante cantaré Aces High a todo pulmón.
Con una cervecita en la mano gritaré: Por las Siervas de Jesús Sacramentado, Salud.