martes, 24 de julio de 2007

El Sobreviviente


Así, Sobreviviente, con mayúsculas.
Carlitos Páez se lo merece. Ateniéndonos a lo que dice García Marquez, la vida no es sino una continua sucesión de oportunidades para sobrevivir. A Páez le han tocado algunas de las oportunidades más cabronas. Sí, cabronas.

Tuve la oportunidad de entrevistarlo hace algunos años. Su humor, aunque corrosivo y negro, no dejaba de sudar un enorme optimismo. La tragedia afina la ironía pero no mata el brillo de las miradas y el tono festivo de una carcajada.

Los dejo con la historia de Carlitos Páez. le he quitado al texto original algunas cosas que por el tiempo en que se publicó ya no tienen ahora un significado relevante.
Cuando me agarra el mal genio y me clavo en los corajes cotidianos me acuerdo de Carlitos Páez: él se estrelló en un avión, lo sepultó una avalancha de nieve, casi se murió de frío, los abandonaron dándolos por muertos y tuvo que comerse a sus amigos para poder sobrevivir... y sigue sonriendo.

Que uno se ande quejando a veces de los malecitos que nos agobian ya de plano es tener muy poca vergüenza.

El sonido del viento gélido azotando las montañas de los Andes y la blancura casi cegadora de la nieve cubriendo completamente el paisaje fueron trastocados por la figura de los dos helicópteros que llegaron a rescatar a Carlos Miguel Páez Rodríguez.
Dos pájaros de acero que le llevaban la libertad es la interpretación que Carlitos Paez, como le gusta que le llamen, hace de las aeronaves chilenas que recogieron a los otros sobrevivientes de uno de los accidentes más comentados en la era contemporánea, él es uno de los supervivientes de Los Andes.

Páez estuvo el fin de semana pasado en Guadalajara para narrarle a los tapatíos la impresionante hazaña de supervivencia de 16 personas, pero sobre todo, para buscar contagiar a quienes lo escucharon, de su rabiosa persistencia para no dejarse arrebatar la vida por la adversidad.

El avión uruguayo que despegó el 13 de octubre de 1972 con destino a Chile transportando a 45 personas, muchos de ellos estudiantes y miembros de un equipo de rugby, se estrelló en la Cordillera de los Andes.

Doce de los pasajeros murieron por la caída, y los sobrevivientes se enfrentaron a temperaturas de 30 grados bajo cero de las montañas por la noche, y al hambre que los obligó a alimentarse de sus compañeros muertos hasta ser rescatados 72 días después del accidente.

La amplia sonrisa en la cara de Páez se disuelve en un sombrío gesto al recordar la avalancha en la montaña, esa vuelta de tuerca del destino que los sepultó bajo la nieve causando la muerte de otras ocho personas, entre ellas sus dos mejores amigos.

"Ahí fue cuando insulté a Dios con todo, no me creía lo que nos estaba pasando".

Sin embargo, el ahora publicista y conferencista no duda en aseverar que en esas montañas de blancura infinita encontró a Dios, un Dios que no le enseñaron en la escuela.

"Me encontré no a un Dios enseñado, sino a un Dios sentido, allá arriba sentí a Dios, allá arriba nos enseñamos a ser humildes".

Señala incluso que una vez bromeó con un Obispo mexicano al decirle que a veces para encontrar a Dios es mejor un mal piloto que un buen cura.

Durante su conferencia en el Auditorio Salvador Allende del Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades, Páez mantiene cautiva a la audiencia, los hace llorar y reír, el silencio expectante causado por el relato explota en carcajadas con las muestras de humor que el sobreviviente inserta en sus charlas, él dice que también el humor los mantuvo vivos, y recuerda la felicidad de haber encontrado 150 paquetes de cigarrillos entre los restos del avión desperdigados por la montaña.

"Fue tan larga esta historia que nos alcanzó para dejar el vicio y volverlo a agarrar", dice.

El llanto tiene muchas causas, y él dice haberlas experimentado casi todas, lloró de dolor, de rabia, de tristeza, de desesperación, de esperanza y de alegría, pide aplausos para esos dos hombres que abandonaron el avión para ir a buscar ayuda, pide respeto y gratitud para su amigo Nando, quien les dio permiso de comerse a su madre y a su hermana en caso de necesitarlo mientras ellos regresaban con el auxilio.

"Después del día diez" es el título de su libro, y es también el día que escucharon en la radio del avión que la búsqueda había sido abandonada y se dieron cuenta de que ahora dependían de ellos mismos.

Después de más de 87 conferencias en el País en instituciones públicas y privadas, Carlitos Páez sonríe a la vida, porque la vida le sonrió a él hace 32 años en la Cordillera de los Andes. Firma libros, reparte autógrafos y se toma fotos con quienes lo solicitan, es un rockstar venciendo a la catástrofe, la confirmación de que la esperanza no muere al último, sino que es inmortal. ¿Alguien dice que no se puede aprender de la tragedia?

Ja, que le pregunten a Páez.





La nota fue publicada por MURAL el 10 de octubre del 2004, aquí estoy en la foto con él en el CUCSH a casi tres años y 10 kilos de distancia.
(Las otras fotos son tomadas del sitio de internet de Carlos Páez).

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi querido Alonso...

Gracias por compartir tus vivencias a través de este medio, pues en verdad nos dejan un buen sabor de boca.

Eres una persona que me sorprende con el fenomeno llamado vida, aunque tengas que nadar como el salmón para conseguir tus ideales. Sigue asi...

No dejes de escribir las "crónicas morrocutudas"

Afectuosamente: APT